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Es imposible que la Luna, tan sola como se ve en el espacio, no pertenezca a nadie, o al menos eso han pensado varias personas de distintas épocas que no han dudado en reclamar para su propiedad y usufructo el único satélite natural de la Tierra.

Según lo demostró el recientemente finado Ray Bradbury en sus célebres Crónicas marcianas, el ser humano lleva sus limitaciones consigo dondequiera que se encuentre, esté en su casa, en su país, en el extranjero o, como nos permite imaginar la fabulación sci-fi, en el espacio exterior.

Prueba de ello es que existe un puñado de casos legales que, para sorpresa de muchos, tienen como protagonistas asuntos relacionados con el espacio exterior. Sí: como si no bastara pelear en los tribunales y los juzgados por asuntos que, nunca mejor dicho, podríamos llamar terrenales, algunos cuantos han hecho del espacio exterior el motivo de sus querellas.

Aquí los casos más emblemáticos siguiendo la compilación realizada por Adam Mann para la revista Wired.

Para empezar, ¿de quién es la Luna?

Es conseja popular que los enamorados regalan la Luna (y otros cuerpos celestes) a la menor oportunidad que se les presente al objeto de su amor. Y si bien el rey Federico el Grande de Prusia, a mediados del siglo XVIII, no estaba enamorado, sí se mostró sumamente agradecido con un curador de nombre Aul Jurgens, a quien en recompensa por sus invaluables servicios le legó la Luna a él y a su familia hasta el fin de los tiempos.

Esto, que parece una broma, fue sin embargo tomado al pie de la letra por un descendiente de Jurgens, quien en 1996 intentó hacer valer la herencia y reclamó el único satélite natural de la Tierra para su propiedad y usufructo.

Martin (que era el nombre del demandante) lo decía tan en serio que el Instituto Jurídico para el Aire y el Espacio de los Países Bajos tuvo que intervenir, decidiendo, obviamente, que la donación primera hecha por el rey prusiano era invalida, en tanto él mismo no era dueño de aquello que había entregado.

“El Archapiélago de Lindsay”

Una noche de 1936 A. Dean Lindsay miró al cielo y, percatándose que a nadie le pertenecía todo aquello, se dijo que era una buena idea adelantarse a todos y registrar como propia al menos una parcela de semejante enormidad.

Así, el hombre acudió a la Notaría Pública de Pittsburgh y presentó un documento en el que se declaraba poseedor de “todas las propiedades conocidas como planetas, islas del espacio y otras materias conocidas a partir de este momento como el Archapiélago [sic] de A. Dean Lindsay”.

El error ortográfico no obstó para que Lindsay incluyera en su título de propiedad a todos los planetas visibles y otros cuerpos celestes, salvo por tres: la Tierra, la Luna y Saturno. La primera porque, se dijo Lindsay, parecía justo que perteneciera a sus habitantes; a los otros dos los trató por separado, nadie sabe por qué.

Como ignorados también permanecen sus intenciones con respecto a estos papeles. Se sospecha que Lindsay buscaría sacar ganancia del espacio exterior apenas alguien pusiera un pie en alguno de “sus” planetas. Por desgracia murió apenas un mes antes de que el Apolo 11 alunizara.

La Nación del Espacio Celestial

A mediados del siglo XX, en 1949, James Thomas Mangan fundó la Nación del Espacio Celestial en Evergreen Park, Illinois, que reclamaba el cosmos para sí. Pero Mangan, menos egoísta que otros, envió cartas a los dirigentes de 74 naciones para que estas reconocieran la existencia de Celestia, además de que solicitó su inclusión en la Organización de las Naciones Unidas. Ambas peticiones fueron denegadas.

Mangan, sin embargo, nunca renunció a su proyecto, defendiéndolo vehementemente contra intentos de disputarle la soberanía de Celestia. Entre otros casos, el hombre reclamó a la URSS cuando esta lanzó el Sputnik, alegando que esto violaba el territorio de su nación. En contraste, dio permiso a un banquero de Chicago para establecer una sucursal en la Luna y entregó pasaportes de Celestia a los astronautas del Apolo.

Su Majestad, el Cabeza de queso

En 1980 hubo otro “registro oficial” de la Luna como propiedad de un particular. Esta vez se trató de Dennis Hope, quien se dijo “omnipotante [sic] dirigente de la superficie lunar iluminada”, dándose a sí mismo “el exaltado título de ‘El Cabeza de Queso’”.

Paralelamente Hope registró una embajada lunar y una oficina de bienes raíces que se encargaba de gestionar la compra-venta de parcelas en la luna —se dice que hizo tratos por 3,500 propiedades, incluyendo en el negocio a personalidades como George Lucas, Ron Howard y Carrie Fisher, miembros de familias reales, dos expresidentes de Estados Unidos y varios astronautas.

Y a pesar de la evidente contradicción legal que representa, Lunar Embassy, que es el nombre de la firma, continúa en operación, ahora vendiendo nombres de dominio en nuestra Luna y las restantes del sistema solar.

Certificados Lunares

Un poco parecido al caso anterior, el sitio MoonCertificate.com reclama su derecho a vender la Luna y otros planetas amparado en un principio sumamente simple y elemental: invoca no las leyes terrestres, sino las lunares. MoonCertificate se presenta como el “único sitio escriturador lunar autorizado por los verdaderos poseedores de la Luna”. ¿Quiénes son estos? El Consejo Marciano de Reyes.

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