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En una muestra de inquietud cívica miles de mexicanos asisten a marchas durante tres días; el objetivo común es debilitar al candidato puntero.

El primero de julio México decidirá una vez más su ‘futuro político’. Tras doce años con el partido de derecha (el PAN) al poder, los mexicanos parecen dispuestos a cobrarle en las urnas una guerra contra el crimen organizado pésimamente orquestada que derivó en caos, inseguridad, y decenas de miles de muertos, sumiendo al país en una depresión anímica sin precedentes. De acuerdo con este antecedente y sumado a diversas circunstancias, Enrique Peña Nieto, candidato del partido que monopolizó el control federal de México durante 71 años (1929-2000), el PRI, ha encabezado desde hace meses las preferencias. Sin embargo, más allá del evidente mal trabajo que realizó el PAN durante los últimos dos sexenios, desaprovechando así una oportunidad histórica, lo cierto es que los grandes consorcios mediáticos han desempeñado un papel significativo en el hecho de que Peña Nieto se perfile como el próximo mandatario.

La historia política mexicana ha ubicado a Televisa, y más recientemente a TV Azteca, como viciados protagonistas de las experiencias electorales que se han registrado. El poder de convocatoria de estas empresas que controlan un gran porcentaje de los canales de televisión, radio, e incluso prensa escrita, aunada a la sumisión de medios menores que no desean enfrentarse a los grandes colosos, manipula flagrantemente los estilos de vida, patrones de consumo, y preferencias electorales de millones de mexicanos. Y aprovechando este lamentable capital, desde hace aproximadamente una década se han dedicado a blindar y promover al personaje político que mayor beneficia a sus agendas, el propio Peña Nieto.

Encaminando así al candidato priista a la ‘silla grande’, aún desde años antes de que fuese nombrado oficialmente como tal, los grandes medios de México se relamen las carteras al ver a su ‘gallo’ por encima de los competidores. Pero también encontramos un ingrediente interesante que  incluir en el escenario. Por un lado existe un sector de la sociedad, en concreto la clase media, que como suele suceder resulta menos vulnerable a la mezquina manipulación mediática y el cual aprovecha las redes sociales y los medios digitales para acceder a información que supera el control de los viejos medios. Precisamente este sector que incluye a los estudiantes universitarios, combinado con un grupo considerable de habitantes de otros sectores que están a favor del candidato de izquierda, Andrés Manuel López Obrador, se organizaron para manifestarse no solo en contra del candidato priista sino de la posibilidad de que los consorcios mediáticos tomen el control de la agenda política según su conveniencia.

De esta forma el viernes se registró una marcha en las afueras de Televisa, en un evento que incluyó a representantes de distintos centros universitarios pero que de algún modo fue impulsado por la Universidad Iberoamericana (institución privada a la que acuden, en su mayoría, jóvenes de familias acomodadas, muchos de quienes se mueven en el círculo social o familiar de los propios ejecutivos de Televisa). A los jóvenes de la UIA se unieron contingentes de otras universidades privadas, por ejemplo el ITAM, y públicas (UNAM, IPN). Un día después, el sábado, decenas de miles de personas realizaron una marcha para condenar la injerencia de los medios en la contienda electoral y la candidatura de Peña Nieto. De forma complementaria a este ánimo de movilización, este domingo los simpatizantes de López Obrador convocaron a una marcha de apoyo para su candidato, e incluso hubo iniciativas que intentan canalizar los esfuerzos hacia una posición más neutral, sin dejar de ser crítica, como Falsedad Mediática, encabezada por Damiana Villarello, quienes apuestan a denunciar el patético papel de la mayoría de los medios, pero enfatizando en que la responsabilidad máxima recae en la ciudadanía, o mejor dicho en la conciencia cívica que los mexicanos sean capaces de encausar.

Así las cosas, México está a menos de mes y medio de las elecciones que definirán, entre otras cosas, quien será su próximo presidente. Después del primero de julio sabremos si la población de este castigado país fue capaz de transformar una obligada inquietud cívica en un factor determinante para diseñar futuro escenario.

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