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Un sofisticado escritorio de 45 mil dólares, un excusado portátil de 6 mil, una bicicleta de 18 mil, un teléfono de 14 mil, son solo algunos de los gadgets pensados para el disfrute de la minoría y, penosamente, la aspiración de muchos otros.

El lujo es por definición opulento, a veces hasta el descaro y la deshumanización. En nuestros días esto es todavía más palpable por la existencia de objetos sumamente específicos que en su limitada realidad representan dicho exceso al que el sistema económico vigente ha llegado.

Para algunos parece literalmente increíble (y no se trata de un cliché) que una bicicleta pueda costar 18 mil dólares o un excusado poco más de 6 mil. Objetos cotidianos de nuestro ritmo de vida actual que, sin embargo, parecen estar rodeados de un aura, una idea fantasmal, que los distingue del resto —paradójicamente, modificando apenas o incluso en nada su valor de uso: siguen sirviendo para lo mismo, el excusado para defecar, el teléfono portátil para comunicarse, el reloj para saber la hora.

Y aunque este oneroso despliegue de irrealidad monetaria despierta muchas preguntas, quizá la más inmediata de estas sea qué mundo puede ser este en el que un puñado de personas es capaz de adquirir mercancías signadas con la explotación de cientos o miles que, absurdamente, pueden desarrollar el deseo de poseer un día estos objetos.

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