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La inteligencia casi sin par en la naturaleza de los pulpos, mezclada con esa pizca de malicia que hace falta para sobrevivir siempre, los convierte en serios competidores en la lucha por la dominación del mundo.

Los cefalópodos podrían catalogarse, casi irrebatiblemente, entre las especies más sorprendentes de la biodiversidad planetaria, sobre todo por la inteligencia notable que los caracteriza, acaso equiparable y quién sabe si superior a la del ser humano, dotada con esa pizca de malicia necesaria para sobrevivir siempre y en cualquier circunstancia (como nuestra especie lo ha demostrado).

Investigaciones científicas han comprobado con suficiencia la capacidad de los pulpos para resolver complejos rompecabezas y sortear situaciones adversas tornando las circunstancias a su favor. Laberintos, amenazas a su integridad y búsqueda de alimento son solo algunos de los escenarios que estos animales marinos han resulto en su provecho, haciendo gala de habilidades intelectuales como el razonamiento espacial o el cálculo preciso de probabilidades que difícilmente comparables con otras especies similares.

De acuerdo con Jennifer Mather, perteneciente al Departamento de Psicología de la Universidad de Lethbridge, Canadá, los pulpos habrían desarrollado semejante grado de inteligencia porque en algún momento de su evolución perdieron la concha que tanto caracteriza a sus parientes moluscos, sin la cual se vieron obligados a cazar para obtener alimento y no a esperar a que pasara cerca de ellos como hacen los animales que todavía la tienen. De ahí también la multitud de recursos de la que son capaces: la mimetización, la emboscada, la velocidad.

“En el laboratorio tú pones a los animales en una situación y ellos reaccionan. Pero en la naturaleza los pulpos están activamente descubriendo su entorno, no esperando a que este los golpee. Los animales toman la decisión de salir y obtener información, descubren cómo obtener esa información, la recogen la usan, la almacenan. Esto tiene mucho que ver con la conciencia”, afirma Mather, dejando entrever los muchos enigmas que todavía permanecen irresolutos en torno el verdadero alcance de la naturaleza cefalópoda.

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