Etiquetas

,


El escándalo global desatado por el lanzamiento en Internet del documental Kony 2012, que retrata el reclutamiento de niños en un ejército clandestino de Uganda, plantea también el dilema de si este activismo es desinteresado o solo una estrategia de marketing para ganar dinero y mantener el statu quo.

Desde el lunes en que fue posteado en Youtube y Vimeo, mucho se ha hablado del documental Kony 2012, un recorrido fílmico por la vida de Joseph Kony, un líder rebelde en el África subsahariana que la Corte Penal Internacional considera un criminal de guerra —justificadamente.

De acuerdo con la cinta de Jason Russell, Kony es el jefe del Ejército de Resistencia del Señor, un grupo armado particularmente sangriento que actúa en Uganda y se caracteriza por secuestrar niños y jóvenes para ofrecerles dos alternativas: la muerte o el reclutamiento. El problema es que si eligen esto último, se convierten en asesinos que incluso pueden llegar a matar a sus propios padres.

Russell decidió denunciar de esta manera la trágica situación de la infancia en Uganda porque en cierto momento el Congreso estadounidense, a quien comunicó el asunto, se negó a emprender algún tipo de acción al respecto, asegurando que Kony no era una amenaza ni financiera ni de seguridad (aunque en octubre del año pasado Obama autorizó que una centena de consejeros militares estadounidenses asesoraran al gobierno ugandés para la búsqueda del criminal). El cineasta fundó entonces Invisible Children, una organización sin fines de lucro que además de financiar la filmación del documental planeó una amplia campaña de información sobre el problema. Todavía hoy es posible encontrar alusiones a Kony 2012 en Twitter, Facebook y otros sitios de posteo continuo y en tiempo real, la abrumadora mayoría lamentando y denostando la tragedia de Uganda y lanzando maldiciones contra el guerrillero.

Con todo, esta recepción positiva y un tanto simplona de Kony 2012 no ha sido unánime. Numerosos críticos de Russell y su trabajo señalan cierta sospechosa alevosía en la que el director incurre al ocultar (¿deliberadamente?) información sobre Joseph Kony y las circunstancias actuales en torno a su actuar. Por ejemplo, que desde hace ya varios años el Ejército de Resistencia del Señor dejó Uganda para trasladarse a países mucho más endebles como la República Democrática del Congo. Igualmente se acusa a Russell de no mencionar las violaciones sistemáticas a los derechos humanos del ejército ugandés contra la población local. Por último, la ambigüedad con que el cineasta maneja los datos relativos al número de niños en las filas del grupo de Kony, dando a entender que podrían contarse hasta 30,000 siendo que, luego de 20 años de existencia, otros cálculos reducen sus integrantes apenas a unos cientos.

Pero por si esto no bastara para tender un velo de suspicacia sobre el trabajo fílmico del hombre, igualmente los fines de su organización y de esta campaña en particular quedan en entredicho por algunas estrategias que parecen reducir al negocio personal y la ganancia económica el activismo y el compromiso con una causa social de atención urgente, tomando cierta pérfida ventaja de la facilidad con que las mayorías se conmueven y, solícitas, se muestran dispuestas a solucionar una trágica situación que ocurre a cientos de kilómetros de distancia (siempre y cuando no tome más de dos o tres clics y el llenado de algún formulario). Al respecto escriben Josh Kron y J. David Goodman en The New York Times:

Algunos han llamado al video un ejemplo perfecto de lo que se denomina holgazanactivismo [slacktivism], un término peyorativo para el activismo de sillón de las generaciones más jóvenes, casi siempre por Internet. Pero más allá de eludir dicha acción digital, el video la convierte en una de sus metas principales. Volver a Kony infame no cuesta, después de todo, más que un clic.

Igualmente se toma en cuenta el marketing que acompañó al lanzamiento de Kony 2012: para “hacer algo” o para sentir que se hace algo, Invisible Children invita a firmar su petición, comprar un brazalete de 10 dólares o un “kit de acción” de 30 (playera, brazalete, guía del activista, estampas, un botón, y afiches, con los que “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”, según asegura Invisible Children) (ambos productos, por cierto, ya están agotados) o inscribirse para realizar donaciones directas.

Por supuesto que toda organización tiene total libertad para obtener sus fondos como mejor le parezca, pero sin duda no es habitual que, como sucede con Invisible Children, mucho de este dinero se destine a la administración burocrática de sus operaciones y a la filmación de películas. Tampoco parece muy común que se identifique el activismo con la frivolidad de quien hace algo solo para ganarse la opinión favorable de sus vecinos: ¿de verdad vistiendo una playera de Kony 2012 “la gente pensará que eres un defensor de lo increíble”?

¿Para eso sirve, a eso se reduce, el trágico destino de un niño en Uganda o el Congo forzado a matar y unirse a un grupo paramilitar? ¿Para que la gente piense que soy un defensor de lo increíble?

Anuncios