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Hace unas semanas se dieron en territorio ruso, específicamente en una ciudad situada en Siberia, singulares protestas protagonizadas por juguetes. Sí, esos simpáticos adminículos destinados especialmente al entrenamiento de los infantes a los cuales, en esta ocasión, se les vio sosteniendo pancartas y expresando consignas en contra de la corrupción política y electoral del país.

En su momento, las autoridades de Barnaul —a las orillas del río Ob, cerca de la frontera rusa con Kazajstán, Mongolia y China— prohibieron la manifestación alegando que esta no contaba con los permisos necesarios y era “un evento público no sancionado”. Entonces a los pocos días la irrealidad de esta fantasiosa disidencia alcanzó un grado todavía mayor cuando las mismas autoridades recibieron una petición para que dejar que se llevara a cabo un acto similar que involucraría 100 de los juguetes incubados en los Kinder Sorpresa, 100 personas de Lego, 20 soldados de juguete, 15 juguetes blandos y 10 automóviles de juguetes. Con todo, la municipalidad no accedió en razón de que los juguetes “no son ciudadanos de Rusia”.

Una de las artífices de esta puesta en escena, la activista Lyudmila Alexandrovna, declaró al respecto: “Probablemente esta no hubiera sido tan popular si la reacción de las autoridades no hubiera sido tan dura y absurda”.

Y es que como bien dice Srdja Popovic, quien participó en los movimientos ciudadanos que acabaron en Serbia con el régimen dictatorial de Slobodan Milošević, en la disidencia este tipo de creatividad humorística es una de las mejores armas contra el poder y la autoridad, pues siendo estos tan solemnes y aburridos, el humor los neutraliza, los trastorna al punto de no saber cómo actuar, conduciéndolos finalmente al callejón sin salida del ridículo propio.

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