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Hace un par de días el periódico El País publicó una interesante investigación realizada por Víctor Lenore sobre cómo la industria del pop basa muchos de sus millonarios éxitos en creaciones de artistas marginales o que no cuentan “con la poderosa máquina empresarial” de las grandes luminarias, esto sobre todo en el caso del pop latinoamericano de proyección internacional, de cantantes como Shakira o Diplo. Justificadamente, Lenore llama a este procedimiento un “mecanismo de desposesión cultural”.

Es un patrón típico del pop actual: la estrella occidental se inspira en la música de las zonas pobres, dándola a conocer en todo el planeta, pero las barreras de la industria impiden que los artistas modestos cosechen el reconocimiento que merecen.

Los ritmos de las favelas brasileñas, de los reguetoneros dominicanos y de ritmos nacidos en la experimentación vanguardista de quienes no tiendo nada que perder se arriesgan en la creación de lo nuevo. Una apropiación alevosa que deja grandes ganancias a los productos de la mercadotecnia y poco o nada a los creadores originales, quienes, las más de las veces, siguen hundidos en la miseria y el anonimato.

La noticia más reciente tiene que ver con Madonna. Su nuevo single, Give Me All Your Luvin, arrastra la sospecha de plagio. Tiene un parecido evidente con L.O.V.E. Banana, una pieza de João Brasil, artista emblemático de la escena technobrega, que podemos definir como una mezcla de tecno-pop ochentero con la estética más kitsch posible.

Los señalamientos del periodista ayudan a entender un poco la suspicacia de muchos frente al intento de fortalecer los derechos de propiedad intelectual, pues se intuye que estos serán aplicables únicamente entre quienes tienen los medios económicos para hacerlos valer.

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